Cuando era niña los relatos de la abuela dejaron
una huella indeleble en su alma, relatos con los que aprendió amar Estambul.
Sus callejuelas, zocos y mezquitas fueron el escenario de mil aventuras.
Aventuras en las que un apuesto y poderoso sultán
la convertía en su princesa; historias, que la ayudaron a crear otro mundo, el
mundo de sus sueños, donde se convertía en la más bella Sherezade que bailaba
engalanada con una hermosa serpiente la danza del vientre...
Una mañana en la que distraídamente miraba los
anuncios del periódico, los ojos de Calista quedaron hipnotizado:
"¿Desea aprender a bailar la danza del
vientre?, llame al 57069. La danza oriental enriquecerá su vida sexual".
Tomó nota del número, ya no para enriquecer lo que
era inexistente a sus treinta años, salvo aquel novio con el que supo perdió la
virginidad sólo porque encontró sangre en su tanga después de un agudo dolor,
sino para enriquecer su mundo de sueños.

Sólo había mujeres allí, aunque según dijo, también
los hombres la bailaban. Después hizo una demostración. Con la diminuta cintura
al descubierto, moviendo rítmicamente el vientre, las manos, el cuello...
Calista quedó extasiada.
En la segunda clase todas fueron con pantalón de
cintura baja. De algunas compañeras, junto con su cintura, quedaban al aire
algunos kilos de más pero eso no importaba, sólo el movimiento. Empezó la
música. Muchas risas la siguieron, aquello no era tan fácil. Yhasmina les pedía
que bascularan su pelvis, que se acordaran de cuando hacían el amor.
Las carcajadas aumentaban pero alguna lo empezaba a
conseguir. Para Calista era un imposible. Sus caderas estaban rígidas. Cerró
los ojos e intento imaginarse sola, pero nada, sólo movía sus caderas de lado a
lado. Se acordó de sus sueños:
¡la serpiente!, mas, lo único que consiguió fue un
aumento de carcajadas, dos palmaditas en el hombro y la voz de Yhasmina que le
preguntaba : -¿qué haces?
La noche siguiente había luna llena. Siguiendo los
consejos de Yhasmina buscó un lugar solitario donde fusionar su cuerpo y alma;
llevaba consigo un casstte con música instrumental de la danza del vientre.
Aunque casi estaban en otoño Calista se dirigió al río, sabía que el agua
facilitaba los movimientos y conocía un lugar como salido de sus sueños: un
recodo cerca de una pequeña corriente donde el agua era tan nítida como un espejo.
Puso la música. Se quitó la ropa, las gafas, soltó
su pelo y hechizada por una pálida desnudez que apenas conocía, se adentró en
el río.
El agua le cubría poco más de la cadera y sin saber
cómo, la música se fue apoderando de su cuerpo, empezó a moverse rítmica y
cadenciosamente. El agua helada le acariciaba entre las piernas; alzó los
brazos e irguió sus pechos, juntó las muñecas y acariciando un rayo de luna,
empezó a girar. Su respiración se agitaba...
Alberto había acudido, como siempre a finales de
verano, a coger cangrejos. La música le había paralizado y el baile de la
inusitada diosa abultado el pantalón. Calista, sin gafas, vio en una sombra a
su sultán, paladeando el onanismo mutuo
más generoso.
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